LO QUE VENDE ES PEGARLE AL KIRCHNERISMO

Aunque parezca el título de una miniserie, se trata de una frase textual emitida por el propietario de uno de los medios periodísticos más conocidos de Balcarce a un importante actor político de nuestra ciudad. Fue en el marco de un ofrecimiento de publicidad de campaña política, al tiempo que se excusaba diciendo que la línea editorial “no es nada personal, son sólo negocios”.
Con este categórico primer párrafo, casi a manera de cruda confesión, quedan más o menos claros los lineamientos que compaginan lo que vulgarmente se denomina opinión pública. Y vaya si es vulgar. Porque haciendo un análisis exhaustivo del lenguaje y su influencia, dicha opinión parece no ser pública y espontánea, sino dirigida. El ejemplo más claro, tal vez por lo reciente y resonante, lo tenemos con las supuestas liberaciones a discreción y en masa de delincuentes: violadores, asesinos en serie y los más violentos pasan a ser protegidos y promovidos de un gobierno que, por un lado hace las cosas de manera impecable actuando en consecuencia de la pandemia, y por otro no se entiende por qué tiene esos errores garrafales, como el de poner en riesgo a la población que se mantiene en casa obedeciendo el aislamiento obligatorio. ¿O acaso alguien ha podido advertir que el mensaje no era otro que el de instalar el miedo en la población ante una posible “purga” (cual la película) donde toda la sociedad está expuesta y a merced de los que se encuentran fuera de la ley? En efecto, ese fue el mensaje, pero nada más lejos de la realidad.
Hace un par de días hasta el mismísimo Conte Grand, procurador bonaerense y del riñón más puro del macrismo, desmintió categóricamente las operaciones en las que se instala la idea de la acefalía de autoridad gubernamental y judicial, en desmedro de la seguridad de la población.
A nivel local, en la semana publicaron con título rimbombante que un acusado de un crimen “declaró que compró alcohol con la tarjeta Alimentar y que recibe una pensión de 15 mil pesos por una discapacidad que no tiene”. También podría haber declarado que tiene la fórmula para elaborar la vacuna contra el coronavirus. Y sería tan cierto como el titular.
Por un lado, no hay pensión por discapacidad que supere los 11.124 pesos como máximo. Y por otro, con la tarjeta AlimentAR es imposible comprar alcohol. No hace falta ser un genio para saberlo, basta con consultar los entes oficiales como el sitio “Argentina contra el hambre”.
Ahora bien, desde el medio se esgrimirá a manera de descargo que “esa fue la declaración de la persona en cuestión, no una aseveración del medio”. Pero el daño ya está hecho. El furibundo lector no indagará sobre si es posible que el hecho ocurra o no, simplemente se sentirá indignado. Y con justa razón.
Volviendo al título de esta nota, se nos viene a la mente indefectiblemente la famosa frase del ex presidente Néstor Kirchner cuando acusaba a los poderes mediáticos y económicos de ser “fuertes con los débiles y débiles con los fuertes”. En el debate sobre el rol de los medios, es difícil dejar de pensar que la mayoría, si no todos, van a torcer el brazo siempre a favor de su propia conveniencia. El caso más emblemático, aunque suene redundante, es el de Clarín y sus medios satélites: durante la dictadura fueron los más serviles al gobierno, e hicieron negocios millonarios. En democracia, presionaron cuanto pudieron para que el terreno les fuera favorable, e hicieron negocios millonarios.
En todas esas épocas la sociedad toda, quienes nos creemos la “opinión pública”, no dejamos jamás de recibir las notas del clarinete que debíamos tocar, creyendo que formábamos parte de la orquesta. Pero tuvimos infinidad de altibajos, crisis, depresiones tanto económicas como humanas. Pero esos medios siempre hicieron negocios millonarios. Sobre todo durante las crisis.
Creemos humildemente que sería propicio, por el bien de la sociedad y de cada uno de nosotros como individuos, revisar el orden de prioridades en cuanto a formación de opinión. Al menos se presta para el debate, ya que cada vez que se trilla con un tema hasta el cansancio direccionando el pensamiento de todos, casi siempre nos va mal.
Quienes peinan canas recordarán cómo se clamaba allá por el año 1991 en los medios nacionales por la presencia de Domingo Cavallo para “ordenar” la economía. O cuando en noviembre de 2001, un mes antes del corralito y el consecuente estallido social, desde Clarín se elogiaba la gestión económica (con Cavallo, otra vez), y aseguraban que contaba con el respaldo del FMI y EE.UU. Y así nos fue.
Hay una lógica indiscutible a utilizar al momento de analizar el rol de los medios: ¿qué intereses persiguen? ¿A quién o quiénes responden?. Muy simple: cada vez que el accionar de un gobierno, sin importar su color, afecte de manera negativa sus propios intereses, se encargan de convertirlo en el enemigo del pueblo. La famosa “opinión pública”.
La historia refleja que desde antaño quienes volcaron su gestión de gobierno a favor de las masas padecieron la furia de los poderes económicos, cuya herramienta más valiosa de adhesión masiva son los medios periodísticos: Balbín fue la chusma. A Illia, apodado “la tortuga”, lo hicieron ver como un imbécil. A la viuda de Perón un títere de López Rega. Alfonsín un blando. Cristina una ladrona. Todos parecieron ser rehenes de estos poderes que sólo buscan hacer negocios millonarios, con cualquier gobierno.
Pero a juzgar por quiénes salen heridos siempre, podríamos sospechar, al menos, que los rehenes somos nosotros. La sociedad argentina.
