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 ### La Transparencia: Un Espejismo Político en Balcarce

En la era de la información, donde cada tuit y cada publicación en redes sociales se convierte en un acto de fe pública, el concepto de “transparencia” ha adquirido una nueva dimensión que roza lo absurdo. Nos encontramos en un tiempo en el que los gobiernos y las instituciones, como los funcionarios del radicalismo que hoy gobiernan Balcarce, se ven obligados a demostrar su transparencia como si esta fuera un producto en un escaparate. Sin embargo, los hechos deberían hablar por sí mismos.

La filosofía nos enseña que la verdad está en la acción. Aristóteles, en su ética, nos recordaba que “la excelencia moral es el resultado del hábito”. Entonces, ¿por qué esta necesidad de escudarse detrás de informes y gráficos que, a menudo, parecen más un ejercicio de comunicación que una representación fiel de la realidad? ¿Es que ya no confiamos en que los hechos hablen por sí mismos?

Los funcionarios locales, en su afán por presentarse como modelos de claridad, no cesan en su retórica sobre la “transparencia”. Sin embargo, ¿no debería ser esta una obligación inherente a su cargo, más que una virtud a resaltar? La ironía es que, mientras más se insiste en la transparencia, más crece la desconfianza. Es como si, al tratar de iluminar un rincón oscuro, solo lográramos proyectar sombras más profundas.

Esta teoría pareció quedar demostrada este jueves durante la sesión extraordinaria en la que el Concejo Deliberante debatió y aprobó, solo con los votos del oficialismo, la ordenanza del Presupuesto, la “ley de leyes” para cualquier gestión de gobierno.

Con su retórica insistente, como es costumbre escucharlo tanto de boca del intendente Esteban Reino como de cada uno de sus soldados en la Comuna, el principal alfil del oficialismo en el legislativo local, Gonzalo Scioli, utilizó la misma y habitual mecánica. El concejal expresó un acalorado reclamo a sus pares de la oposición por no acompañar la aprobación de dicha ordenanza, incluso sabiendo que con los votos propios era suficiente para que el Ejecutivo tuviera luz verde sobre un presupuesto de casi 47 mil millones de pesos, pero poniendo por delante, más que como un escudo casi como un mantra, los vocablos “honestidad y “transparencia”.

Es que en las intervenciones previas, desde las bancadas opositoras se había argumentado que existían puntos que no quedaban demasiado claros, como la promisión de asfaltar casi 50 cuadras por mes, contra todo pronóstico de la realidad por diversas cuestiones, incluidas los contratiempos climáticos inevitables.

Erving Goffman, en su obra “La presentación de la persona en la vida cotidiana”, argumenta que todos desempeñamos roles en una especie de escenario social. Quizás la política en Balcarce se ha convertido en una obra donde cada actor se esfuerza por mostrar su mejor cara, olvidando que la autenticidad no se mide en palabras ni en promesas, sino en acciones concretas y resultados palpables.

En este contexto, la transparencia se convierte en un mantra repetido hasta el cansancio por los funcionarios radicales, un intento de vender confianza en un mercado donde la credibilidad parece escasa. Pero, ¿no sería más sensato que las acciones hablaran por sí solas? Que, en lugar de un desfile de cifras y gráficos, viéramos políticas efectivas y un verdadero compromiso con el bienestar colectivo.

Quizás deberíamos tomar nota de la sabiduría popular: “Por sus obras los conoceréis”. En lugar de buscar la validación a través de informes, sería más efectivo que los líderes de Balcarce se enfocaran en entregar resultados tangibles. Al final del día, la verdadera transparencia no se mide en la claridad de un documento, sino en la honestidad de las acciones que lo respaldan.

Así que, la próxima vez que escuchemos a algún funcionario del radicalismo insistir en su “transparencia”, recordemos que los hechos son los que realmente deberían brillar, y no un rótulo que, irónicamente, podría estar ocultando más de lo que revela. La transparencia debería ser una obligación, no un estandarte.

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