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Balcarce celebra diez años del rosedal de Plaza Libertad y homenajea a su impulsora

El Garden Club Balcarce encabezó un acto conmemorativo en la propia plaza y en la Casa del Bicentenario para marcar una década del rosedal, hoy referente paisajístico del casco urbano. Durante la ceremonia se descubrió una placa en reconocimiento a Clotilde Ghliga Biaus de Mare, artífice del proyecto.

Balcarce recordó una historia tejida con raíces, pétalos y compromiso colectivo. En Plaza Libertad —hoy reconocida por sus canteros floridos— y en la Casa del Bicentenario, el Garden Club local llevó a cabo una ceremonia para conmemorar el décimo aniversario del rosedal, un espacio que desde su creación se consolidó como un punto de referencia estético y simbólico en el corazón de la ciudad.

La jornada tuvo un tono profundamente emotivo. Entre los asistentes estuvieron los hijos de Clotilde Ghigliazza Biaus de Mare, figura clave detrás de la iniciativa, junto con integrantes del Garden Club y vecinos que participaron activamente en la plantación y el cuidado sostenido del lugar. En medio de recuerdos compartidos y agradecimientos sinceros, quedó en claro que el rosedal no es solo una colección de plantas, sino el resultado de una red de voluntades y afectos que se sostuvo a lo largo del tiempo.

Como parte central del acto, se descubrió una placa conmemorativa en homenaje a Clotilde, en reconocimiento a su impulso inicial y a su dedicación constante para que el proyecto viera la luz. Su legado quedó plasmado no solo en las flores que hoy colorean la plaza, sino en el espíritu de participación que inspiró.

Desde sus comienzos, el desarrollo del rosedal contó con apoyo institucional. La Municipalidad aportó los primeros ejemplares —rosales de variedades floribundas y arbustivas— y garantizó tareas periódicas de mantenimiento, entre las que se incluyen poda, riego y reposición de especies cuando fue necesario. Pero fue la suma de esfuerzos vecinales —desde jornadas de plantación hasta tareas cotidianas de cuidado— lo que aseguró su permanencia y expansión.

Con el paso de los años, el efecto del rosedal trascendió su ubicación original. Sus flores comenzaron a extenderse a otros espacios públicos: rotondas, canteros laterales y plazas menores. Lo que empezó como un proyecto puntual se convirtió en un estilo de intervención paisajística, suave pero contundente, que prioriza la belleza accesible y el encuentro con lo natural en lo cotidiano.

Más allá de su valor estético, el rosedal se ha transformado en un lugar de pausa y encuentro. Familias pasean allí en las tardes, fotógrafos aprovechan la luz entre los arbustos floridos, y los estudiantes de escuelas cercanas lo usan como aula abierta para aprender sobre biodiversidad urbana. Diez años después, sigue cumpliendo su propósito original: ofrecer color, aroma y, sobre todo, un sentido de pertenencia compartida.

La ceremonia no solo miró atrás: reafirmó un compromiso colectivo con el cuidado de los espacios comunes. Porque, en Balcarce, un rosal ya no es solo una planta. Es memoria viva. Es comunidad. Es continuidad.

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