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De Balcarce al mundo: la increíble historia del artista de los semáforos que deslumbra en Mar del Plata con cinco pelotas

En apenas horas, un video revolucionó las redes sociales y encendió una pregunta inevitable: ¿de dónde salió este fenómeno? Detrás del hombre que domina cinco pelotas de fútbol en pleno semáforo de Playa Grande se esconde una trayectoria de constancia, sueños postergados y un talento que ya cruzó fronteras. Rodrigo Cunqueiro es balcarceño, sí, pero su arte no conoce límites geográficos.

Fue cuestión de horas. Un video, una esquina, cinco pelotas flotando en el aire y la certeza de que estábamos frente a algo extraordinario. Rodrigo Cunqueiro volvió a encender las alarmas del asombro con una performance callejera en Playa Grande que no tardó en viralizarse. “Llevo 16 años subido a escenarios improvisados y solo pido que me den una chance en otro tipo de escenario. Acá les dejo una muestra chiquita de lo que sé hacer”, dispara frente a la cámara, mientras sus manos y pies parecen imanes. El posteo, con un desafiante “Escucho ofertas”, ya superó las 20 mil interacciones y no para de crecer.

Aunque muchos lo bautizaron como “el malabarista de Mar del Plata”, lo cierto es que Cunqueiro llegó a La Feliz desde Balcarce, donde dio sus primeros pasos. Hoy es una postal viviente en la esquina de Avenida Patricio Peralta Ramos y Saavedra de la ciudad Balnearia, donde convierte cada semáforo en rojo en un espectáculo único. Con ropa deportiva y una concentración digna de un cirujano, lanza cuatro pelotas al mismo tiempo mientras gambetea con una quinta, las hace girar en su dedo índice o las acaricia con la cabeza sin permitir que ninguna bese el suelo. Su público: conductores apurados y turistas boquiabiertos que, en apenas segundos, atesoran una imagen imborrable.

El eco del último video no tardó en llegar a oídos de figuras reconocidas. El actor Benjamín Alfonso, el campeón olímpico Maligno Torres, el cantante Ecko y el futbolista Santiago Sosa, jugador de Racing —el club que late en el corazón de Rodrigo—, se sumaron a la ola de elogios. Pero más allá de los reflectores, lo que realmente sostiene esta historia es un camino sembrado de esfuerzo.

De chico, Rodrigo soñaba con ser futbolista profesional. “Empecé a patear una pelota a los tres años, de la mano de mi hermano mayor. Jugué hasta la adolescencia y cuando quise retomar, ya era tarde”, confesó tiempo atrás en una entrevista. Entre los 20 y los 25, la vida lo llevó por trabajos que nunca terminaron de encajar: pasó por un frigorífico, por una florería, hasta que el destino lo cruzó con un malabarista en Mar del Plata. “¿Por qué no probás en los semáforos?“, le dijo. Y así, con pelotas de tenis y un disfraz de payaso en la esquina de Colón e Yrigoyen, empezó todo.

Los comienzos fueron cuesta arriba. Rodrigo soportó insultos y miradas que juzgaban sin conocer. “Me gritaban que me ponga a laburar de verdad, que agarre la pala. Hubo momentos en los que dudé si seguir o rendirme”, recuerda. Pero su familia se convirtió en ese cable a tierra que lo sostuvo. Entonces tomó una decisión: si iba a seguir, sería para ser el mejor. Aprendió a andar en monociclo y, para marcar diferencia, incorporó pelotas de fútbol. “Ahí encontré el punto exacto donde se juntaban todas mis pasiones”, dice con una sonrisa que delata orgullo.

Esa obsesión por mejorar lo llevó mucho más lejos de lo que imaginó. Comenzó a ser convocado para eventos privados, aniversarios, cumpleaños. Llegó a presentarse en el Casino Central de Mar del Plata, viajó a Bolivia y Brasil, ganó un concurso en 2014 y hasta se animó al reality Got Talent Argentina, donde si bien no avanzó, ganó una visibilidad que sería clave.

El 7 de septiembre de 2023, el mismo día que nació su hijo menor, sonó el teléfono. Del otro lado, una noticia que cambiaría su vida: había sido elegido para integrar un espectáculo de arte urbano en Arabia Saudita, junto a otros 12 artistas argentinos. Pasó tres meses ensayando como nunca y a fines de noviembre emprendió viaje. Diez días intensos, 24 horas de avión, tres escalas, custodios desde Mar del Plata hasta Ezeiza y shows para jeques en el marco de un evento que celebraba el aniversario del título mundial de la Selección. “Todavía no lo puedo creer. Fue una locura”, suspira al recordarlo.

Sin embargo, cuando volvió, lo esperaba el semáforo. “No tengo opción, tengo que estar ahí porque es el dinero que entra todos los días a mi casa. Soy papá de dos chicos”, explica sin dramatismo, como quien asume que la vida es eso: un equilibrio entre el sueño y la necesidad. Hoy, en apenas tres horas, puede juntar entre 10 y 25 mil pesos, un número que varía pero que siempre depende de un denominador común: su nivel técnico, muy por encima del promedio.

“La única forma que encontré para callar bocas fue entrenar y ser cada día un poquito mejor”, resume este artista callejero que, sin proponérselo, se convirtió en embajador de una forma de entender el esfuerzo. Mientras su video sigue girando en redes y la frase “Escucho ofertas” resuena como un desafío abierto, Rodrigo Cunqueiro sigue firme en su esquina. Porque si algo dejó claro este balcarceño es que su escenario puede ser un puñado de asfalto y un semáforo en rojo… o cualquier rincón del planeta dispuesto a recibirlo.

Con información de Ahora Mar del Plata.

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